** La generación Z se levanta en Europa
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La generación Z se levanta en Europa
De Lisboa a Tirana, la protesta juvenil recorre Europa dentro de una ola que ya ha derribado gobiernos de Sofía a Katmandú. No distingue colores: se levanta contra quien manda
Lo que a mediados de septiembre era una protesta en los institutos de la periferia de París ahora convive con una ola que recorre Europa. En las últimas semanas, los jóvenes han salido a la calle en Francia, Bélgica, Italia, Portugal, Albania y España, mientras en Serbia una lista nacida de la protesta estudiantil llega a las elecciones con opciones de ganar. El sábado 17 de octubre las protestas escalaron de intensidad y el Ayuntamiento de Limoges acabó ardiendo en una de las imágenes más llamativas de la jornada. Ese mismo día, se levantó una acampada en la Plaza del Rossio de Lisboa al ritmo de Grândola Vila Morena, tras el desalojo violento de la acampada de Oporto, y el fuego también alcanzó la sede del Tribunal Supremo de Albania.
Hace menos de dos semanas, sosteníamos que detrás de las acampadas por la vivienda en Madrid y de la revuelta de los liceos franceses había una misma factura: la de una generación que ha crecido encadenando crisis y ha dejado de creer que vivirá mejor que sus padres. La extensión de la protesta confirma ese diagnóstico y muestra dos rasgos esenciales: se dirige contra gobiernos de todos los colores y empieza a encontrarse con los sindicatos y otros movimientos sociales. Ambos elementos explican a la vez su fuerza y su riesgo.
Cómo se ha extendido
El origen fue material y concreto. A mediados de septiembre, los estudiantes de varios institutos de las afueras de París bloquearon sus centros para denunciar la la inversión en educación ante la falta de profesores, las aulas masificadas y el deterioro de las instalaciones. La respuesta del Gobierno, centrada en el orden público, actuó como acelerador del malestar al provocar más de 8.000 detenidos desde el inicio. Cada intervención policial desde ese momento contribuyó a ampliar la movilización siguiente. Cuando la CGT y la izquierda se sumaron, la protesta escolar se transformó en una impugnación de la política del Gobierno de Sébastien Lecornu.
El contagio siguió primero en Bélgica, donde los institutos que llevaban meses de protestas intermitentes, intensificaron la movilización contra los recortes en la enseñanza y la subida de las matrículas en octubre, con Lieja como foco. En Italia, la jornada del 16 de octubre llevó a miles de estudiantes a las calles de Roma, Milán, Turín y Bolonia con una consigna que resume el conflicto de prioridades: «Queremos más aulas, no más bombas». Emerge aquí una izquierda juvenil que reclama que los recursos del rearme impulsado por el Gobierno de Giorgia Meloni se destinen a la escuela pública.
En España, el detonante fue la vivienda. El desahucio de Maricarmen, una vecina de Madrid, desembocó en manifestaciones y protestas que culminaron con la acampada de la Puerta del Sol, posteriormente replicada en otras ciudades. Una actuación que se ha repetido en otros países. Los jóvenes que acamparon en Lisboa —ya desalojados por la policía— contra la nueva ley de arrendamientos, que antes habían ocupado la Plaza de Dom João I de Oporto, citan Sol como referencia.
Por su parte, Albania es el caso más violento. Iniciada el 13 de octubre como una protesta por el estado de las universidades y el coste de las tasas se ha convertido en una exigencia de dimisión del primer ministro, Edi Rama, por corrupción. Los manifestantes han incendiado el Ministerio de Educación y la sede del Tribunal Supremo mientras Rama se niega a dimitir. El símbolo del malestar es un complejo turístico de lujo vinculado a Jared Kushner, el yerno de Donald Trump, convertido en emblema de la desigualdad, la falta de expectativas —elemento común de todas las protestas de la generación Z— y de la emigración juvenil.
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El Este ya había avisado
La ola tiene precedentes en el Este de Europa, donde la movilización juvenil ya ha demostrado su capacidad para poner en cuestión a los gobiernos en ejercicio. En Serbia, el derrumbe de la marquesina de la estación de Novi Sad, que mató a dieciséis personas en noviembre de 2024, desató movilizaciones durante meses contra Aleksandar Vučić. Este domingo, los estudiantes se presentan a las elecciones con su propia lista, integrada también por profesores, activistas y personalidades conocidas, con la que aspiran a ganar. En Bulgaria, la generación Z forzó en diciembre de 2025 la dimisión del primer ministro, convirtiéndose así en el primer Gobierno europeo derribado por esta ola.
La diferencia está en lo que se demanda. En el Este, la protesta va de corrupción y democracia; en el Oeste, de vivienda, escuela e inversión pública. Albania combina ambas agendas.
Una ola que da la vuelta al mundo
Europa, por otra parte, se suma tiempo después a un fenómeno global. La ola empezó en Asia y África. En 2025, la generación Z tumbó gobiernos en Nepal y Madagascar y llenó de movilizaciones las calles de Marruecos e Indonesia. Este año, India vive también las mayores protestas de la última década. En América Latina, la chispa es la misma que en Bruselas o en Roma: la tijera de los recortes sobre la educación pública, contra la que han marchado los estudiantes en la Argentina de Javier Milei y el Chile de José Antonio Kast.
La diferencia respecto a Europa occidental es de escala. Allí, la calle derriba gobiernos frágiles. Aquí, llega a democracias con elecciones a la vista. Nadie en París, Roma o Lisboa pretende tumbar un régimen. Lo que se busca es modificar a través de la presión en la calle las prioridades de quien ostenta el poder.
El contrato social roto
Detrás de demandas tan diversas hay una misma sensación compartida sobre que los recursos van a cualquier parte menos a la ciudadanía y, especialmente, a los más jóvenes. A los tanques, en Italia. A los resorts, en Albania. A los alquileres que se lleva el mercado de la vivienda en España, donde solo el 14,5% de los jóvenes de 16 a 29 años se ha emancipado de casa de sus padres. Tener trabajo ya no garantiza tener casa, ni estudiar garantiza tener futuro. Ambas cuestiones desbaratan las expectativas de toda una generación.
Es el contrato que se rompió en 2008, cuando la crisis financiera, y sobre todo la forma de gestionarla, partió en dos la promesa que había ordenado la vida desde la posguerra europea: estudiar, trabajar, independizarse y vivir algo mejor que la generación anterior. Los millenials fueron los primeros en sufrirlo con graves dificultades para acceder al mercado laboral en aquel contexto. Quienes entonces tenían veinte años pidieron trabajo en las plazas. Quienes hoy tienen veinte piden en cierta forma lo mismo, que no es otra cosa que se cumpla lo que se les prometió a modo de proyecto vital.
Contra quien gobierne
Esta ola no sigue únicamente una frontera ideológica. Se protesta contra la derecha radical de Meloni y contra los socialistas de Rama, contra el centro de Lecornu y contra el centroderecha de Luís Montenegro, contra Milei y contra Narendra Modi. Lo fundamental aquí es que la protesta se levanta contra quien tiene el poder, sea del color que sea. Por eso también estamos asistiendo a derrotas electorales de forma habitual de partidos que están en el gobierno.
España es el caso distinto. En Madrid, la calle no pedía que cayera el Gobierno de Pedro Sánchez, sino que empujaba para que se aprobaran unas medidas de vivienda llevadas al Congreso y que PP, Vox y Junts tumbaron. Aquí el malestar no apunta contra quien gobierna, sino contra quien bloquea. Esa es la nota diferencial esencial, una ventaja que la izquierda haría mal en dar por garantizada, porque un malestar generacional no es un malestar ideológico: nadie es su representante natural aunque sean temas sociales los que ocupan la agenda.
Lo que piden estos jóvenes, en el fondo, es que se cumpla el contrato social que se les prometió. El riesgo es que una parte, harta de esperar, decida dinamitarlo todo y compre el discurso de quienes más han hecho por romperlo, presentados ahora como salvadores de la patria. La extrema derecha ya airea las imágenes de barricadas e incendios para vender orden a quienes temen el caos.
En Sajonia-Anhalt, en septiembre, la AfD fue la primera opción entre los menores de 25 años, con la izquierda, sumada, muy cerca. La juventud no se ha derechizado en bloque: se ha polarizado. Lo que se juega es hacia qué lado cae.
Albania enseña cómo empieza la pugna por quedarse con el enfado. Rama culpa a «manos extranjeras», y la oposición conservadora intenta abanderar una revuelta que también la señala a ella. Italia enseña cómo termina, ya que los jóvenes que hoy gritan contra Meloni crecieron oyendo que ella venía a arreglar las cosas. El salvapatrias también envejece en el poder. Serbia enseña una vía diferente, no regalarle el enfado a nadie y presentarse uno mismo a las elecciones.
Noviembre: de la calle a la huelga
La novedad de las últimas semanas es que la protesta juvenil ha dejado de ir sola. Lo que empezó en los institutos se ha encontrado con los sindicatos. Francia irá a la huelga el día 5 contra los presupuestos de Lecornu. España, el 11, en la primera huelga general conjunta de CCOO y UGT desde 2012, convocada por la vivienda. Italia, el 20, con la CGIL a la cabeza contra unos presupuestos que suben el gasto militar. Los acampados de Lisboa ya han votado sumarse al 11 para convertirlo en una huelga ibérica.
Es la gran diferencia con 2011. Entonces la consigna era que los partidos no les representaban. Hoy la demanda es una casa, y el aliado que se busca es el sindicato.
Qué significa para España
A seis semanas del 29 de noviembre, la calle española ya ha dicho lo que demanda: vivienda, estabilidad y un futuro que no dependa de heredar un piso. El 11 de noviembre, dos días antes de que arranque la campaña, lo dirá además con una huelga general. La pregunta es quién convierte esa protesta en votos.
La izquierda tiene una ventaja que no existe en Francia ni en Italia. Como ya se ha apuntado, el enfado apunta contra quienes tumbaron las medidas, no contra quienes las propusieron. Pero esa ventaja solo vale si se convierte en participación, y los jóvenes suelen ser los que menos votan y los que más rápido castigan la sensación de que nadie les habla. Ofrecerles solo miedo a la extrema derecha no basta, es necesario ofrecerles el contrato social que reclaman.

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