lunes, 14 de junio de 2010

La Dictadura de la Felicidad

La Felicidad, en un entorno de ecuaciones matemáticas asociadas a los ecosistemas y a la sostenibilidad, se podría definir como el techo o límite de nuestras capacidades de supervivencia. Sobrevivencia tiende a ser una expresión más "llorosa", pues suena a vivir en el borde del precipicio, esto es, muy poquillo por encima del "cinco" o, lo que es igual, "aprobao por los pelos".
Por eso solemos usar supervivencia, como vivir super, y de sopetón le enganchamos con la manguera todo el manatial de ciencia fresca y re vivificante, que nace en los valles húmedos de la sicología positiva y o del fluir..., entre (muchas) otras.

Una palabreja que redondea al párrafo anterior es Fluicidad. Y nos sumerge de lleno en el fluir espontáneo que vivimos sin ir más lejos, en una fiesta en la ponderosa. Nuestros cuerpos danzan sin preocupaciones en un proceso de atención alerta o mindfullness. Nuestros sentidos, o ventanas, o puertas, de la percepción, están abiertos, sorprendentemente abiertos, pues estamos inmersos en momentos muy especiales, y estamos muy contentas, de compartirnos tras cierto tiempo sin vernos. Las endorfinas corren a raudales por nuestros torrentes circulando a golpe de sístole y diástole inundando de felicidad hormonal hasta nuestro más recóndito tejido o rincón. Nuestro cuerpo no es tonto. Es una situación muy particular y de ningún modo vamos a desaprovecharlas. Ambas: tú y tu cuerpo. Tu mente está excepcionalmente despierta. Porque la tasa de novedad relativa de las vivencias que estás viviendo son muy altas. Es vida condensada. Y todas esas novedades, en términos muy llanetes, significan empoderamiento de una información privilegiada. Hablas con unas y otras, ruedas de la terraza a la piscina, bajas a ver el huerto, subes de nuevo a la terraza en ele y te paras frente a Málaga. La ciudad reluce en la otra cara del valle del Guadalhorce, como si reposara en la almohada de los Montes de Málaga. En medio el anchuroso y plano aueropuerto. Huele un poco "a tostao", como a humo de coches. Qué raro: si estamos en el campo. Pero me viene a la cabeza la visión, desde la otra punta de la bahía, en el Rincón, la nubecita, cobriza al atardecer, de esmog. Aquí en Churriana, junto a moscas que aterrizan en la, nunca más, pantalla plana del ordenador, hay guarras, yeguas, cabras, ovejas, y un monte mediterráneo con cabras-montesas-jugando-a-alpinistas-en-la-cantera-un-tranquilo-domingo, y además se respira el esmog. Después desde el Rincón me doy cuenta, desde la "antípoda" plana, diametralmente opuesta a la Ponderosa de Churriana, en ese semicírculo abierto de bahía, que al enfilar hacia el Totalán se hace signo de interrogación. Del que cierra. Quizas cierre, este cerrando, heridillas diversas, o más bien cosquillas... Me doy cuenta de que sí, la ponderosa anda más o menos a la misma altura que el esmog... El esmog es el cierre de la interrogación. Benalmadena y Torremolinos vistas desde la antípoda forman una línea litoral que va doblando hacia hacer bahía hacia málaga, esta baila en redondo hacia el centro y el palo, y después cambia de inflexión para enderezarse hacia el peñon del cuervo. Hay una chincheta clavada. Este mapa que estamos describiendo es de cartón piedra y pende, insertado por una chincheta de tapicero, que es amarilla y azul, es de las grandes, y está clavada un pelín por debajo del Cuervo o Grajo.

Sí, en la chinchetita acabamos de apercibirnos que también hay esmog. Sí, pero de otro. También ahi el de los coches, sí señor, la 340. Pero hay otro esmog. Que juntanse dambos dos y de esa receta sale ese fondo de tocador de la bahía, encima del anchuroso mar, que al verse cobrizo en los atardeceres nos recuerda, o recordaba, la nube de antiguas maffias que preferían gobernar, desde el crimen organizado de cuatro ruedas, de alta velocidad falsa, o cementeriando este paraíso...cobrándonos lo que hiciera falta.

Zaratustra bajó de la higuera y le cantó, al estilo mongol, a las constructoras que, ya perdida la razón no habían encontrado otra manera de saciar su apetito de cemento, andaban ¡en los tejados! canalizando las aguas de lluvia, recogiéndolas en aljibes y, ya pa echarse a reir, y tapizando de huertejados toda terraza viviente. Parecía magia. Un helicóptero pasó a los pocos días y la ciudad ciudad ya no era. Desde el cielo lo que otrora fué humus cinco-reinal, contemplábase cuán gran nevada que tiñera de diversos verdes lo que el cemento había robado antes a este rico y original humus subtropical.

Y Zaratustra pronunció sus sagradas palabras: ¿Y donde está el asfalto?. Tras el tsunami de texis colectivos, furgonetas y microbuses, mulillas, burras y hasta grandes machos cabrones de anchos cuernos de lira pilotados por índigos nordicos recién aterrizados en el aeropuerto, Zaratrusta se habló incluso a sí mismo: "Esto no hay por donde cogerlo".

Debajo del asfalto está la huerta. Decían hace años. Pues bien, esta gentuza se lo había aprendido al pie de la letra. Y como la gente, tras años de no usarlos, fue quitando de enmedio toda la chatarra de coches ya inservibles, por innecesarios, para hacer arrecifes y recuperar el pescao, pues el antiguo tapiz de asfalto que tapizaba casi hasta el carnet de identidad, habíase esfumado sin dejar rastro. Los descampados eran huertos espontáneos. Los jardines eran también huertos. Las clases casi todas se daban fuera... Y las calles corrian como arroyuelos mediterráneos medio tapados caprichosamente por plantas, hongos, protistas, animales y bacterias. Había tanto alimento y materiales autogestionados en la ciudad, que se exportaban y trocaban con otras comunidades...

Según la permacultura, y el saber popular subtropical, aderezado de sentido común, todo lo que te dá la tierra, recíbelo con gusto, y mantenlo sin esfuerzo. Porque es un seguro de vida que rellenaron por tí y para tí tus antepasados. Durante milenios. Para tí. hay demasiado tramajo comunitario detrás como para que no le echemos cuenta. No ya por el despilfarro, sino porque permite explicar la fluicidad y el fluir.

El sentido de acumulación parece cuadrar más con comunidades de climas más extremos. De todos modos hay que diferenciar entre lo comunitario y la familia nuclear. El fluir se enriquece con el tamaño de la muestra...

Fluir, entonces como eficacia. La eficacia mide todo lo que podemos gastar o consumir. La eficiencia nos dicta los cuellos de botella de la supervivencia a la hora de administrar este gasto. La naturaleza es extremadamente generosa. Pensemos en la cantidad de semillas que luce, al final de temporada, un solo pie de planta. Si un solo año, una sola especie, brotaran y maduraran todas sus semillas, a lo mejor no tendríamos sitio en el planeta. El planeta es ilimitado en sus recursos. Con aplicar un cierto nivel de eficiencia. Estas temporadas se han caracterizado por esquilmar. Al Capi, da la sensación, que pretendía engañarnos hablandonos continuamente de escasez. Cuando lo que vemos a nuestro alrededor, estas dos temporadas lluviosas andaluzas, es una saciedad tan exhuberante, que uno llega a pensar que con que dejáramos en barbecho el termino de málaga, sin quitar nada de vegetación, durante cinco años, a la vuelta nos encontraríamos a esta garbosa ciudad enterrada en naturaleza salvaje.

Y pensar que les llamaban malas Hierbas-------------------

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