viernes, 16 de marzo de 2012

Optimismo: Optimizando tu propia Biología


http://www.terceracultura.net/tc/?p=4391

por Eduardo Zugasti

Optimismo “irracional”


Tali Sharot es una neuróloga británica, autora de The optimistic bias. Why we’re wired to look on the bright side, donde analiza las bases biológicas del optimismo. Aunque últimamente se ha puesto de moda presentar la actitud optimista como una decisión racional, después de examinar las evidencias, en general el optimismo no es algo que decidimos, sino algo que somos, o no.

El optimismo e incluso una “ilusión de superioridad” está en todas partes. Según encuestas, el 90% de los conductores se consideran mejores que la media. El 76% de las personas se muestra optimista sobre el futuro de su propia familia, pero sólo un 30% es optimista con respecto a las demás familias. En general, las encuestas muestran un nivel inferior de optimismo cuando se evalúa el futuro de la sociedad en su conjunto, una tendencia que acentúan los momentos críticos, tal y como muestran los últimos indicadores del CIS sobre la valoración de la situación económica en nuestro país.

Una aportación interesante de Sharot es que sus trabajos han ampliado el espectro empírico del optimismo, al menos dentro de las sociedades occidentales: los europeos y los israelíes son tan optimistas como los norteamericanos. El sesgo optimista podría atravesar fronteras, culturas, razas, sexo, incluso especies (Matheson et al. 2008), lo que hablaría bien sobre su valor biológico adaptativo.

La actitud optimista podría abarcar hasta el 80% de los humanos. Interesante: de hecho, la mayor parte de este 20% restante sufre síntomas depresivos.

Pesimismo y depresión. Strunk et al. 2006

Las expectativas optimistas son tan fuertes que se mantienen a menudo frente a las evidencias. Parece que esto es debido a que el cerebro es mucho más eficaz recolectando información positiva, y aprendiendo de ella, que recolectando información negativa. Según Sharot estas diferencias tienen un correlato neuroanatómico. Experimentos mediante estimulación transcraneal electromagnética, aparentemente muestran que es posible variar actitudes pesimistas u optimistas mediante la estimulación de una zona concreta del cerebro: el giro frontal inferior.

Una consecuencia interesante para la ética de la felicidad según esta aproximación neurobiológica al optimismo, en apariencia en contradicción con concepciones tradicionales, es que las expectativas de felicidad bajas o modestas no están relacionadas con una mayor satisfacción personal. Desde el punto de vista de la felicidad personal, parece más rentable y eficaz elevar y no bajar las expectativas optimistas. La gente con expectativas inferiores terminan sintiéndose peor. En parte, esto es así porque al enfrentarse con malos resultados la gente optimista es capaz de generar explicaciones menos comprometidas con su propia competencia. En otras palabras, se engañan mejor que los pesimistas.

Este es el lado bueno del optimismo. Aunque, como cualquier otro producto natural, tiene costos. Las personas hiperoptimistas juegan un papel desproporcionadamente importante tanto en nuestras vidas personales como en nuestra vida social porque, tanto la sociedad, como los gobiernos y el mercado, valoran más el optimismo. El atractivo irresistible del optimismo nos hace vulnerables al riesgo. Daniel Kahneman y Amos Tversky, en particular, han subrayando las consecuencias potencialmente catastróficas de la “falacia de la planificación”, cuando quienes tienen el poder de las decisiones económicas y políticas importantes sobrevaloran los beneficios e infravaloran los costos de tomar decisiones arriesgadas.

Mientras que la actitud realista y el pensamiento estadístico son recomendables en las decisiones financieras y políticas, según se desprende del examen de Sharot, cuando pasamos a la vida personal, normalmente es preferible dejarse llevar por un poco de optimismo.

Referencia: Sharot, T. (2011) The Optimism Bias. Current Biology, 21 (23).

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