lunes, 12 de diciembre de 2011

El coste de la adicción al petróleo

http://www.elpais.com/articulo/opinion/coste/adiccion/petroleo/elpepiopi/20110725elpepiopi_13/Tes


Es llamativo: los países europeos con problema de deuda -Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia- son también los más dependientes de una energía que no pueden producir. Ahorrar carburante es imperioso


El pasado 24 de junio, el Consejo de Ministros levantaba el impopular límite de 110 kilómetros por hora impuesto a finales de febrero para economizar combustible. ¿Cuestión definitivamente zanjada? Quizás sí desde una óptica política, pero no desde una perspectiva más técnica. Aunque a la mayoría de ciudadanos les disguste conducir más despacio, todo apunta a que la malsana combinación de una economía maltrecha y de unos precios altos del petróleo hará cada vez más acuciante la necesidad de ahorrar carburante.

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      Es incomprensible la anulación de las medidas del Gobierno para rebajar el consumo

      La era del petróleo barato ha acabado. Urge un cambio profundo del sector del transporte

      Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), los gastos en importaciones de petróleo del conjunto de los países industrializados integrados en la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) aumentaron en 200.000 millones de dólares en 2010, alcanzando un total de 790.000 millones. Este incremento, causado por los altos precios del barril, supuso una pérdida de ingresos cercana al 0,5% del producto interior bruto (PIB). Ante este hecho, el economista jefe de la AIE, Fatih Birol, ha advertido de que los precios del petróleo han entrando en una zona peligrosa para la economía global y que la factura de las importaciones se están convirtiendo en una amenaza para la recuperación económica.

      La AIE utiliza en sus análisis un indicador económico, denominado "carga del petróleo"(oil burden). Este se define como el cociente entre el gasto en petróleo (demanda multiplicada por el precio del crudo) y el PIB. Una carga del petróleo creciente no necesariamente conduce a una recesión económica, pero puede complicar de forma notable los efectos de otras crisis económicas y financieras subyacentes. Y, para nuestra preocupación, un informe reciente constata que, a escala global, la carga del petróleo alcanzó en 2010 el segundo nivel más alto tras una gran recesión y que en el transcurso del año en curso dicho índice podría situarse en cotas cercanas a las que en el pasado coincidieron con episodios de marcada desaceleración económica. Algo que deberían tener muy presente tanto los países consumidores como los productores.

      Estos últimos, particularmente los de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), podrían ayudar aumentando su producción. Una posibilidad que la mayoría de los miembros del cartel decidió ignorar en su última reunión del pasado mes de junio. Por su parte, los consumidores deben reducir drásticamente su dependencia del petróleo. Y es que los números son tozudos: además de lo comentado para la OCDE, la Unión Europea (UE) ha visto cómo en el transcurso de 2010 su factura en importación de petróleo ha aumentado en 70.000 millones de dólares, una cifra equivalente a los déficits presupuestarios de Grecia y Portugal combinados.

      Por sus problemas con la deuda soberana, estos dos países, junto a Italia, Irlanda y España, integran el grupo que cierta prensa económica anglosajona ha denominado, de forma despectiva, PIIGS. Lo curioso es que estos países encabezan los cinco primeros puestos del ranking de dependencia del petróleo de la UE, en el siguiente orden: Grecia (con un 58% de su mix de energías primarias cubierto por el petróleo), Irlanda (55%), Portugal (55%), España (48%) e Italia (46%). Los porcentajes citados superan ampliamente la media de la UE (37%), con el agravante de que los PIIGS deben importar la práctica totalidad del petróleo que consumen. Todo esto se refleja en una estrecha correlación entre grado de dependencia del petróleo y deuda soberana expresada como porcentaje del PIB.

      En España, de enero a abril de este año el balance entre exportaciones e importaciones de petróleo y derivados ha supuesto un déficit comercial de 10.391,1 millones de euros, lo que supone un 28% más que en el mismo periodo del año pasado. Para poner estas cifras en perspectiva, conviene recordar que en 1995 el citado déficit se situaba en torno a los 4.380 millones de euros. Cinco años después, en 2000, la cifra rondaba ya los 12.000 millones, para con posterioridad, en 2005, como consecuencia de la escalada de los precios experimentada en los mercados internacionales del petróleo, situarse por encima de los 19.150 millones.

      El déficit alcanzó su máximo histórico en 2008, con valores próximos a los 30.000 millones de euros, para un año después, reflejando en toda su magnitud el impacto de la crisis económica global desatada a mediados de 2008, caer por debajo de los valores de 2005. Pero en el año 2010, el repunte de los precios del crudo situó de nuevo el déficit en una cifra próxima a los 25.512 millones de euros. Unos guarismos (muy cercanos a los registrados en 2007, en pleno ciclo de expansión y crecimiento de nuestra economía) que representaron el 48,8% del total del déficit comercial de España y que aproximadamente equivalen al 1,76% del PIB de nuestro país. Un lastre nada desdeñable en la actual coyuntura de frágil recuperación económica, altas tasas de desempleo y graves problemas de endeudamiento.

      Los datos expuestos justificaban la adopción por nuestro Gobierno de medidas tendentes a rebajar el consumo y, por tanto, las importaciones de petróleo y derivados. Quizás las medidas acordadas no fueran las más adecuadas, pero tampoco era cuestión de pasarse el tiempo discutiendo si se trataba de galgos o podencos cuando lo importante era dar un primer paso en la dirección correcta. En cualquier caso, lo que si está claro es que su revocación casi cuatro meses más tarde, argumentando un previsible cambio en la tendencia de los precios del petróleo, resulta técnicamente incomprensible. Basta con echar un vistazo a los informes oficiales.

      Así, en su World Energy Outlook 2010, la AIE presenta tres escenarios sobre la evolución futura de la demanda y los precios del petróleo. El más optimista ante los precios es (con diferencia) el "Escenario 450", así denominado porque asume que los Gobiernos del mundo adoptarán un abanico de drásticas medidas conducentes a limitar a 450 partes por millón equivalentes de CO2 la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera (lo que garantizaría con un 50% de probabilidad que la temperatura media del planeta no aumente en más de 2°C). Este escenario "verde" es el único que contempla una caída en la demanda global de petróleo, que de 2020 a 2035 pasaría de 87,7 a 81 millones de barriles diarios. Una reducción que tendría un efecto moderador de los precios del barril que en términos reales (referidos a 2009) se cotizaría a 90 dólares en 2020, para después mantenerse estable en este nivel hasta 2035. Expresados en términos nominales (sin corregir la inflación) estaríamos hablando de 115,6 dólares en 2020 y de 162,6 dólares en 2035. La AIE, lo tiene claro: si la economía global no se aleja en el futuro de la senda del crecimiento, la era del petróleo barato ha tocado a su fin.

      Frente a esta nueva situación, los países importadores de petróleo debemos acometer una urgente y profunda reestructuración del sector del transporte, dependiente en cerca del 95% de los derivados del petróleo. Con demasiada frecuencia, el debate energético se centra en torno a la generación de electricidad, sin tener presente que a fecha de hoy disponemos de diversas alternativas a tal efecto, pero no para la sustitución a gran escala del petróleo. El actual binomio petróleo-transporte es el eslabón más débil de nuestro sistema energético y quizás también de nuestro sistema económico.

      Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona.

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