viernes, 25 de septiembre de 2009

Cuando el Bienestar no se Mide en Euros


Felicidad Interior Bruta: cuando el bienestar no se mide en euros
www.larazon.es/noticia/anatomia-de-la-felicidad-cuando-el-bi...
por reuters hace 5 días 7 horas 57 minutos

Nicolas Sarkozy anunció este lunes que creará un indicador para medir la felicidad de los franceses. El presidente sigue la senda de Bután, que lanzó un proyecto similar hace décadas: sustituir el Producto Interior Bruto por la Felicidad Interior Bruta. El ministro butanés de la Felicidad, Karma Thisteem, analiza los resultados de su original apuesta.


BUENO, DOS DÉCADAS hemos tardado en enterarnos, yo y Zarkozy




RESULTA HARTO CURIOSO estas respuestas en MENEAME.COM... Quizás influidas por el estúpido sesgo periodístico de alguien viciado en el número y en el euro, como para sentir y pensar en otros términos como a los que aquí, POR FIIIIIIIIIIIIIN NOS INVITAN...

1.
#1 Cuándo la gilipollez se mide en actos
votos: 0, karma: 7
por ZCerrudo hace 5 días 7 horas 52 minutos
2.
#2 ¿Van a poner un termómetro o algo así? No, es para no perdérmelo. Estas estupideces tienen su aquél.
:-D
votos: 0, karma: 7


Sarkoxy anunció este lunes que creará un indicador para medir la felicidad de los franceses. Sigue la senda de Bután, que lanzó un proyecto similar hace décadas. Su ministro de la Felicidad nos cuenta los resultados.
20 Septiembre 09 - Gonzalo Suárez - Madrid
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Cae la tarde en Bután cuando el teléfono de Karma Thisteem suena en su despacho con vistas al Himalaya. Hace tiempo que acabó su jornada laboral, pero el ministro se resiste a irse a casa: está demasiado absorto en su arenga sobre los males del mundo. «Avaricia, pura avaricia», denuncia. «Tenemos que cambiar de enfoque. Llevamos demasiado tiempo obsesionados con aumentar nuestro PIB. Ha llegado el momento de que nos preocupemos de nuestra FIB. O sea, nuestra Felicidad Interior Bruta».
Hace dos años que Thisteem ejerce de ministro de la Felicidad de Bután. Es un puesto clave del Gobierno de su país: el único del mundo que se ha impuesto el objetivo explícito de aumentar la FIB de sus ciudadanos. Pero sus ideas apenas resonarían más allá de las montañas de la nación asiática si no fuera por la huella que dejan en las figuras más influyentes del planeta. El último en caer ha sido Nicolas Sarkozy, que esta semana ha lanzado un proyecto inspirado en la experiencia butanesa.
Con su habitual tono mesiánico, el presidente francés pidió al mundo que cambie en el baremo con el que evalua el éxito de las distintas naciones. La fría estadística del PIB, que sólo mide los bienes y servicios que produce un país, le parece ramplona. Por eso, ha creado una nueva estadística que computará el bienestar de sus ciudadanos: las relaciones sociales, el acceso a la educación, la protección del medio ambiente, la calidad de la sanidad... «Tenemos que librarnos del culto a las cifras», proclamó.
La locura del PIB
Las limitaciones del PIB son bien conocidas por los economistas. Imaginemos un país que cede los derechos de explotación de una mina a una empresa extranjera. Toda la producción va a parar al PIB, aunque la inmensa mayoría de los beneficios acaben fuera del país. Sin embargo, este indicador no tendría en cuenta los daños ecológicos ni el efecto sobre la salud de los mineros. «Pero si cientos de ellos enferman y acaban en el hospital, entonces sí que se contaría el precio de su tratamiento: el PIB lo distorsiona todo», denuncia Jean Paul Fitoussi, uno de los tres firmantes del proyecto junto a Joseph Stiglitz y Amartya Sen, dos Nobel de Economía.
Ésta es la misma reflexión que hizo el rey Jigme Singye Wangchuck cuando acuñó la idea de Felicidad Interior Bruta en 1972. Desde entonces, su Gobierno se volcó en la tarea de medir este vaporoso concepto. Tras décadas de estudio, el resultado es una fórmula que evalúa la felicidad de los butaneses mediante 72 indicadores distintos: el tiempo que pasan con sus familiares, la frecuencia con que meditan, sus tentaciones suicidas... Así, la FIB se convirtió el año pasado en una estadística oficial que se computa periódicamente y que guía todas las decisiones del Gobierno.
Thisteem recalca que su objetivo no es «forzar» a los 700.000 butaneses a ser felices –«ésa es una decisión individual», argumenta–, sino crear las condiciones ideales para la realización personal. Así, los pilares de la actuación del Gobierno son el respeto del legado cultural y la protección del medio ambiente. De ahí, por ejemplo, que los butaneses tengan que vestir los ropajes tradicionales en los edificios oficiales. O que la ley exija que al menos el 60 por ciento del país esté cubierto de bosques.
5.000 dólares por cabeza
Desde luego, Bután dista mucho de ser un país perfecto. Las primeras elecciones democráticas no se celebraron hasta el año pasado. Su renta per cápita apenas supera los 5.000 dólares anuales. Y, además, el Gobierno ha sufrido críticas internacionales por el maltrato de su minoría nepalí. «Más que Felicidad Interior Bruta, lo que hay allí es Miseria Interior Bruta», se quejó Balaram Poudyal, líder de los exiliados nepalíes, al «Wall Street Journal».
Pero, a la vez, este rincón asiático también acumula logros notables. Así, la esperanza de vida ha pasado de 47 a 66 años en el último cuarto de siglo. Mientras, la economía ha crecido un siete por ciento anual durante la última década. Y, además, la transición de la monarquía a la democracia se ha completado con un sosiego inusual en aquellas latitudes. «En nuestro último sondeo, sólo el tres por ciento de la población se declaraba desdichada», asegura Thisteem, aunque algunos expertos dudan de la credibilidad de una encuesta encargada por el propio Gobierno.
Las raíces del concepto de FIB se encuentran en la filosofía budista. Hace sólo una década, una idea así se habría topado con el escepticismo burlón de la profesión económica. Sin embargo, la opulencia occidental y el «shock» de la crisis está animando a numerosos expertos a replantearse la idea de que el crecimiento es la base ineludible de la felicidad.
Los límites del dinero
Así, numerosos estudios admiten que cuando un país o una familia están sumidos en la pobreza, el nivel de ingresos y la satisfacción personal crecen de la mano. Sin embargo, al alcanzar una determinada cantidad –entre 10.000 y 20.000 dólares per cápita–, el aumento de la renta apenas altera los índices de felicidad.
Para Fitoussi, la noción de que el bienestar de un país se mide por el crecimiento del PIB es una invención moderna. De hecho, este indicador no se ideó hasta los años 30, cuando EE UU necesitaba una herramienta para medir los efectos de sus políticas contra la Gran Depresión.
Sin embargo, sus creadores nunca pensaron que se emplearía como un atajo para evaluar el bienestar de la sociedad. «Los occidentales no somos más felices que hace 50 años, aunque nuestros ingresos se han doblado, lo que demuestra que la obsesión con el PIB es un error», asegura Richard Layard, catedrático de la London School of Economics y uno de los mayores expertos mundiales en la incipiente «ciencia de la felicidad».
La conclusión de estos expertos es unánime: si el dinero no compra la felicidad, el PIB no puede medirla. Ahora, el reto pendiente sería enjaular un concepto tan vaporoso como la dicha personal en una fórmula matemática fiable. Y en esta misión están enfrascadas instituciones de medio mundo, de la UE a la OCDE, pasando por los gobiernos de Australia, Canadá y Reino Unido. Todas ellas han lanzado sus propios proyectos para idear indicadores alternativos del bienestar. «Éste es el gran reto de la política del siglo XXI y Sarkozy ha sido muy valiente al dar el primer paso», asegura Andrew Oswald, economista de la Universidad de Warwick y uno de los asesores del proyecto francés.
Los más escépticos se cuestionan si la felicidad es un sentimiento objetivo que pueda medirse y compararse entre distintas personas o países. Pero Richard Layard cree que sí lo es y que, además, resulta extraordinariamente fácil de calibrar: basta con preguntar a la gente si se siente feliz o no. Y asegura que numerosos estudios han demostrado la correlación de las respuestas sobre felicidad con datos objetivos como la presión arterial, los niveles de ansiedad o la actividad cerebral.
Dinamarca en cabeza
De hecho, los estudios internacionales sobre felicidad suelen ofrecer resultados homogéneos. Así, países como Dinamarca, Austria, Finlandia o Canadá suelen encabezar estos listados. Mientras, España ronda habitualmente el puesto 30 y Moldavia o Zimbabue languidecen en las últimas plazas. A partir de este aluvión de datos, los expertos han deducido la clave de las naciones triunfadoras: buena educación, escaso desempleo, flexibilidad económica, seguridad ciudadana y nula corrupción. «Los países más felices combinan la libertad de mercado con la igualdad de oportunidades a través de la educación», concluye Stefan Bergheim, director del Centro para el Progreso Social de Fráncfort y experto en felicidad.
De vuelta a Bután, Karma Thisteem admite que su labor es compleja en un país que todavía sufre importantes deficiencias económicas. Cierto, el primer mapamundi de la felicidad, realizado por la Universidad de Leicester, colocó a la nación asiática en la octava plaza. Pero otros estudios no son tan complacientes con sus logros y, además, su país está lidiando estos días con una pequeña epidemia de suicidios que le preocupa seriamente.
No resulta sencillo sacar a un país como Bután de su ancestral aislamiento. En 1999, el país asiático fue el último del mundo en autorizar las emisiones televisivas. El efecto fue inmediato: los butaneses aprendieron sobre el mundo exterior, pero también se volvieron más violentos y caprichosos. «Antes, la persona más admirada por los jóvenes era el rey; ahora, son David Beckham o 50 Cent», explica Thisteem.
Así, el ministro pasa sus días preocupado por la creciente urbanización, que está quebrando los vínculos familiares. También le obsesiona el consumismo, la drogadicción y el repunte del desempleo. «Somos un país pobre y queremos desarrollarnos, pero no a costa de perder cosas tan valiosas como la familia, la amistad o las tradiciones», asegura. «Es un honor que gente importante como Nicolas Sarkozy se fije en nuestra labor. Es un trabajo muy complicado... Pero me hace muy, muy feliz».


72 indicadores de la dicha
En su obsesión por arrancar una sonrisa a sus ciudadanos, el Gobierno de Bután ha diseñado una intrincada fórmula de la felicidad que incluye cuatro pilares, nueve dominios y 72 indicadores. Los funcionarios acumulan infinidad de datos de todos ellos, les aplican sus enrevesadas ecuaciones y
así calculan la Felicidad Interior Bruta de los butaneses.
El año pasado se realizó el primer sondeo a escala nacional, con centenares de preguntas a un millar de encuestados.
Aunque el resultado fue alentador, los expertos detectaron
varias fuentes de infelicidad como la criminalidad y
el mal funcionamiento de los juzgados. La experiencia
se repetirá cada dos años y la evolución de la FIB será el principal baremo para evaluar la eficacia del Gobierno.

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