martes, 18 de mayo de 2010

Cosmoprovincianismo

(salvador moreno peralta en sur)
Un entrañable y lúcido amigo mío me apostillaba un reciente artículo publicado en esta tribuna titulado «Letanías de la capitalidad», lamentando que ese sorprendente listado de realizaciones culturales que en Málaga se han llevado a cabo en los últimos treinta años solo haya servido para que «los ciudadanos que las usan y disfrutan (...) tengan el mismo o peor talante que padecían hace cien o doscientos años». Y continúa: «quizás no sea un problema de emprendedores y realizaciones. Tal vez sea cuestión de talante, y el talante, según creo, no se modifica en treinta años, ni en un siglo. Es más bien un asunto milenario. Por eso, supongo, ni somos ni seremos Europa». En la misma dirección, un amable «bloggero» sintetizaba que tantas realizaciones culturales no han logrado que se perciba un aumento de la Cultura en nuestra ciudad. He necesitado un descanso en el rincón neutral después de haber sido noqueado por este «crochet» a la mandíbula de mi optimismo. Volvamos, pues, al «ring».
Por un lado, pensamos que la solvencia cultural de una ciudad está en razón directa con la solidez de las instituciones burguesas que constituyeron las urbes modernas, y ya sabemos que en Málaga, por razones suficientemente estudiadas, su endeble burguesía no ha cumplido con el papel histórico que estaba obligada a ejercer. Pero también sabemos que la burguesía tiene su lado oscuro en una fauna urbana acomodaticia, absorbente y esterilizante que, si bien representa el pensamiento de la ciudad, en cierto modo también lo usurpa. Una fauna notoria cuya principal ocupación es detener el tiempo en la favorable quietud que demandan sus consolidados privilegios. ¡Para qué nos vamos a meter en complicaciones, con lo bien que estamos!, sería su lema. Pudiéramos pensar que éstas son las aplastantes identidades propias de una ciudad de provincias, pero esa fauna también se da, incluso con más presencia, en las capitales. Creo más bien que es un problema de escala, y aquí incurrimos en otra engorrosa contradicción. Siempre hemos defendido que la posibilidad misma de vivir en una ciudad humanizada está en el hecho de que, por su tamaño, SE ENTIENDA. Hemos intentado teorizar que la alternativa a la crisis de las grandes ciudades con problemas que escapan a nuestra capacidad de comprensión radica en que, por enormes que sean, sepamos acotar en ellas unos entornos que propicien relaciones directas de convivencia, similares a la de los viejos barrios y los pueblos tradicionales, compatibles con las que se dan en el espacio cibernético. Dicho más claramente: ser moderno, hoy, significaría vivir la vida del pueblo EN la ciudad, entre el ordenador personal que nos conecta al mundo y el bar de la esquina donde se solaza la peña.
Pero me temo que, aunque suene bien, no logramos gran cosa reduciendo la ciudad a la escala de nuestro entendimiento. Y es que cuando la ciudad se «achica» conceptualmente, también se achican los mecanismos institucionales que la rigen, pues la ciudad es lo construído, la escena urbana, el continente...pero es también la organización cultural y social del contenido. Una cosa es la belleza del pueblo, y otra es la mentalidad pueblerina. Y es entonces cuando se despierta el pequeño monstruo del aldeanismo, la política de campanario, la preservación de lo habitual, el mantenimiento de la estructura que tiende a perpetuar el interesado bienestar de lo establecido, atrofiando nuestras inquietudes de búsqueda, de creatividad, de cuestionamiento de lo existente, cayendo en la parálisis de un conformismo esencialmente anticosmopolita. La discreta seducción de lo provinciano dentro de la sociedad de la información y las redes sociales pueden llegar a convertirnos ...en «cosmoprovincianos», y la llamada Aldea Global sea sólo eso: la globalización de una aldea. De ahí que en la vida como en el Arte, todo se paraliza cuando llegamos a entender lo que nos rodea, cuando dejamos de sentir la fecunda pulsión de lo desconocido, la curiosidad por lo que hay al otro lado del espejo de nuestro confortable mundo. Por eso temo la sobrevaloración de las identidades, la primacía coactiva de «lo nuestro», la suplantación de la Cultura- que entraña la búsqueda- por la repetición ritual de lo folclórico. (En este sentido, no hay más que ver la pasión vernácula que suelen exhibir los políticos cuando «descienden» a los barrios en las campañas electorales).
Aún a riesgo de escandalizar, si hablamos de fenómenos urbanos, creo que es infinitamente más interesante ese modelo inaprehensible, imparablemente dinámico, renuente a dejarse engullir por sus despiadados tópicos, que es la Costa del Sol, frente a una capital «comprensible», urgida por la necesidad de reinventarse en modelos estereotipados según las prescripciones del «marketing» y la sociedad del espectáculo (¡ay Picasso, Picasso!).
Y la última paradoja: esta misma ciudad tan celosa de «lo suyo», como una cortesana de tabernas y de puertos, le gusta jugar al desvarío de cicatearle su virtud a los nativos para entregarle su placer al forastero y al hijo pródigo. A este respecto, ¿no es suficientemente revelador que en una calle Larios franquiciada cerrara sus puertas un local señero y autóctono que se llamaba, precisamente, La Cosmopolita?

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